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Pasados catorce
meses de vigencia del TLC, la educación no se ha municipalizado, la
industria armamentista brilla por su ausencia y a nadie se le ocurre
instituir un ejército. El Código de Trabajo sigue rigiendo las relaciones
laborales y a inicios de diciembre los asalariados cobramos el aguinaldo.
La CCSS está lejos de la quiebra, el tráfico de órganos es todavía ilegal y
la Sala IV más bien frenó los estudios clínicos –perfectamente legítimos–
porque consideró necesario regularlos por ley y no por decreto. Fluyen los
ríos por sus cauces y la soberanía sobre el mar territorial permanece
intacta.
La Presidencia
estadounidense, por su parte, demostró en Sudamérica las potestades de que
goza para modificar los regímenes unilaterales de preferencias comerciales.
Esas potestades, ejercidas, p. ej., en Ecuador,
están también prescritas en el caso de la Iniciativa para la Cuenca del
Caribe. Queda así comprobada la relativa fragilidad de los regímenes
unilaterales frente a un tratado.
En la peor
crisis económica internacional desde los años 30, el aparato exportador
costarricense sufrió un retroceso muy moderado y, aunque no hay datos para
atribuir ese relativo éxito al TLC, la lógica apunta a que es mejor
enfrentar la recesión con ese instrumento bien establecido.
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Los demócratas
ganaron la Presidencia estadounidense y una firme mayoría en el Congreso,
pero no hay señales de una proclividad a la renegociación de los tratados
vigentes. El presidente Barack Obama más bien insiste en concluir los acuerdos
pendientes. En el Congreso existe un movimiento contrario al libre
comercio, pero es minoritario, aun dentro de la bancada demócrata, y está
lejos de materializar sus propuestas. Para completar el panorama, las
elecciones de medio periodo, a celebrarse este año, auguran ganancias para
los republicanos a costa de legisladores inscritos en la tesis contraria al
comercio internacional.
En Costa Rica
el tema está prácticamente superado y parece ocioso traerlo a colación.
Apenas figuró en la agenda nacional durante la campaña política, pero vale
la pena considerarlo a la hora de analizar los resultados. La mayoría de
quienes fueron votantes del “no” dieron su apoyo a las agrupaciones
partidarias del “sí”, en particular a Liberación Nacional y al Movimiento
Libertario. Los proponentes del “no”, en especial los más radicales,
sufrieron un notable traspié en las urnas. Soñaron construir una fuerza
política –o varias– a partir de la vigorosa oposición al tratado, pero es
imposible cimentar un movimiento duradero en torno al temor, sobre todo
ahora que el temor se ha disipado.
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